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Sin miedo a destacar
David Luengo

No empequeñezcamos nuestro espíritu, no nos neguemos el bien cuando está al alcance de todos. Apostemos por una conciencia bien formada, sin miedo a la verdad y a la belleza, para hacer del Mundo un hogar más justo, más digno, más humano.

Es curioso, cuando nos hacen la siguiente pregunta: ¿le gustaría tener un hijo totalmente sano?, respondemos con un rotundo sí; más a la pregunta: ¿le gustaría que su hijo fuera superdotado?, es decir, ¿querría que su hijo desarrollara y utilizara su inteligencia en toda su capacidad posible?, comenzamos a dudar, quizá porque creemos que conlleva matices negativos, de rareza e introversión… o de locura. No nos damos cuenta de que estar sano significa saber pensar y hacerlo de forma correcta, significa conocer bien.

El ser humano -ya sea hombre o mujer- es un espíritu encarnado, es un alma con cuerpo: por eso es inteligente, por eso es libre, por eso puede amar -entregarse desinteresadamente a alguien, buscar y hacer el bien por y para la persona amada-. La salud, por tanto, no incluye sólo al cuerpo, también es del alma -"mente sana y cuerpo sano"-. Aquel que piense que no hay que cultivar el espíritu, que la formación no es importante, está avocado a la ruina, a la incapacidad de amar, a la muerte de su espíritu, al odio amargo de saberse absolutamente vacío.

Al ser espíritus encarnados somos inteligentes, es decir, somos capaces de conocer, de salir de nosotros mismos para introducirnos en lo que queramos y comprenderlo. Esa capacidad de conocer es la libertad fundamental. Como podemos conocer, conocemos de hecho varias cosas, realidades, caminos: podemos elegir -libertad de elección o libre albedrío-. Y al elegir, aparte de poner en práctica nuestra libertad, tomamos partido por algo, decidimos algo: elección que tiene sus consecuencias, consecuencias que llegan porque nosotros decidimos aquello -he aquí la responsabilidad, la libertad moral.

La libertad se fundamenta en el conocimiento, el amor es posible gracias a la libertad: "nadie ama lo que no conoce", como "nadie da lo que no tiene".

Por eso es tan importante la formación, la formación continua, desde que nacemos. Hemos de tener una inteligencia sana, que nos lleve a un conocimiento profundo de nosotros mismos y de la realidad que nos rodea, presente y pasada. Sólo de esta forma tendremos capacidad de elección.

Pero no vale sólo con eso, hemos de ser responsables en nuestra elección, es decir, hemos de elegir bien, y para distinguir el bien del mal hemos de conocerlo, hemos de formarnos: aprender.

En nuestra inteligencia, existe una luz especial que nos ayuda a distinguir el mal del bien, lo bueno de lo malo. Pero es una luz que ha de ir creciendo con el paso de los años, es una luz que crece si la alimentamos -formamos- y gana finura con nuestra experiencia y en ella; esa luz es lo que llamamos conciencia -el Pepito Grillo de Pinocho.

Podremos pensar a veces que la distinción entre el bien y el mal es difícil y compleja, y actuar siempre bien resulta casi imposible y las más arduo, doloroso y sacrificado…, y es cierto. Pero las cosas resultan más sencillas de lo que parecen si hemos sido formados desde pequeños y lo continuamos siempre. Uno no deja de comer porque decida que ya comió lo suficiente para el resto de su vida, ni deja de respirar. Lo mismo hay que aplicar al conocimiento y, por tanto, al amor. El conocimiento necesita de nuestro trabajo y de nuestra constancia, constancia hasta en rectificar las veces que haga falta, pues muchas veces nos equivocaremos. Y el amor es exactamente igual. El amor crece día a día si lo alimentamos, si lo cultivamos, si trabajamos en él. Quien espere sentado a que el amor crezca por sí mimo "va de ala".

Formar la conciencia, el conocimiento propio sobre el bien y el mal, y ayudar a formar la de nuestros hijos. No condicionar sino orientar, guiar, ser nosotros buenos educadores y buscar buenos maestros. Y sobre todo exigir con el ejemplo, con nuestro ejemplo, si no nuestra exigencia será tiranía, hipócrita y desalmada.

No obstante, que no nos entre la obsesión, no queramos sobreformar a nuestros hijos o a los que dependen de nosotros: hagámoslo paso a paso, con tino y oportunidad: el hombre es un ser de detalles, y en ellos aprende y con ellos vive, madura y alcanza la felicidad, poco a poco. Hemos de aplicar el sentido común. No formemos marionetas, sino hombres libres, conocedores de su grandeza y de sus limitaciones, valientes, dispuestos a luchar contra sí mismos para ser verdaderamente humanos, pues el hombre que no lucha contra sí para vencer y superar sus propias miserias acabará luchando contra los demás, acabará destrozando la sociedad en la que vive, acabará haciendo de su vida y de las vidas que le rodean un infierno.

No empequeñezcamos nuestro espíritu, no nos neguemos el bien cuando está al alcance de todos. Apostemos por una conciencia bien formada, sin miedo a la verdad y a la belleza, para hacer del Mundo un hogar más justo, más digno, más humano.

Artículo publicado en la revista electrónica ARBIL, en su número 64

   
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